Qué es la Tristeza

Es una emoción que generalmente surge ante las pérdidas que sufrimos en la vida, de ahí que sea tan intensa como profundo sea el vínculo con lo perdido. Es un dolor generalizado en el cuerpo, pero sobre todo en el alma. La tristeza no es negativa, no es anormal ni está mal sentirla.
A diferencia de las demás emociones, la tristeza está caracterizada por una falta de energía. En un primer momento es vivenciada como un dolor paralizante que no nos deja fuerza para actuar, sino tan sólo para llorar y así sacar el dolor. Nos deja el ánimo aplanado, casi sin expresiones ni deseos.
En general, cuando sentimos tristeza es porque hemos perdido algo (real o fantaseado). Ya no tenemos aquello que antes sí, y cuando verdaderamente no hay posibilidades de recuperarlo, no hay acción que valga. Es por ello que la tristeza no implica el aumento de energía que las demás emociones sí, sino que nos la quita dejándonos inactivos para ceder paso a la aceptación (elaboración interna) de la nueva situación. Soltar no demanda energía, sino más bien implica la ausencia de ésta. Al no tener esta fuerza, no queda más acción posible que la de soltar, contribuyendo a dejar de “forzar” la realidad. Aquello que antes sos-teníamos, ahora, gracias a la ausencia de energía propia de la tristeza, podemos soltarlo.
Esta emoción puede ser verdaderamente dolorosa según su intensidad. Es por ello que muchas veces tratamos de evitarla distrayéndonos con actividades, trabajo, amigos o bien intentamos taparla negándola y reprimiéndola, o buscamos ahogarla en alcohol u otras sustancias. No nos permitimos llorar o intentamos, haciendo un gigantesco esfuerzo, sonreír. En ocasiones solemos decir, cuando no se nos nota la tristeza, “La procesión va por dentro”, y hasta hablamos como si nada pasara. Pero cuando la emoción no halla (o no le damos, mejor dicho) una vía de expresión adecuada, la busca por sí misma a través de síntomas (entre otros, físicos, como lo son el asma y las úlceras) que junto a una serie de condicionamientos producen enfermedades. Lo cierto es que ninguna de estas actitudes evasivas ayudan, y por lo tanto son absolutamente desaconsejables. Una docente me dijo algo al respecto: “Hay que llorar por los ojos, no por el cuerpo”, a lo cual yo le agregaría: “Llorar también a través de las palabras”.
Es necesario y aconsejable simplemente “estar ahí”. Es decir, permitirnos ese dolor, tomar contacto con él, poder vivenciarlo auténticamente, no mintiéndonos. Llorar y, sobre todo, hablar de lo que sentimos y de lo perdido es la manera de asimilar la pérdida y aprender de ella.
Pero por otro lado, es muy importante aclarar que para sentirnos tristes no necesariamente tenemos que vivir una pérdida. También podemos ponernos tristes por creencias irracionales que albergamos, como pueden ser expectativas demasiado altas, falta de esperanzas, perspectivas pesimistas, no tener un sentido o alguna pasión en la vida… Por esto es importantísimo entender que a veces el problema no es la realidad misma, sino la creencia de que las cosas deben ser distintas.
Por lo tanto, una cosa es la elaboración de una pérdida, es decir el duelo, y otra es qué estamos haciendo u omitiendo para sentirnos tristes. Vale en este punto establecer la diferencia entre dolor y sufrimiento. El dolor es una expresión natural propia del duelo y surge, como vimos, ante la pérdida de algo que teníamos. El dolor, por su misma naturaleza, tiende a desvanecerse y desaparecer. Sin embargo puede enquistarse, extenderse o perpetuarse, transformándose en sufrimiento. El sufrimiento, entonces, es una creación irracional del ser humano a partir de un autodiálogo tortuoso. Cuando la persona se dice a sí misma cosas como “todo esto es mi culpa”, “nunca voy a salir”, “siempre todo lo malo me pasa a mí”, “jamás voy a superarlo”, “si yo hubiera…”, etc., queda estancada. De este modo permanece el foco de atención en una fantasía o en un imposible, renovándose la tristeza una y otra vez en ese rumiar mental retorcido.
Por otro lado existen también, para enredar un poco más las cosas, las depresiones endógenas. Éstas son causadas por desequilibrios neuroquímicos, y responden favorablemente a la medicación psiquiátrica. Por ello siempre es recomendable, en casos de tristeza profunda y prolongada, la consulta con un profesional de la salud.
Las depresiones en general, independientemente de su causa y clasificación, también tienen sus manifestaciones adversas en el físico, influyendo más en dificultar la recuperación de una enfermedad que en la causa de la misma.

Extracto del libro “Cómo ayudar a los niños de hoy, Educación Emocional, 3ra Edición de Lucas J.J. Malaisi

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