Mala performance deportiva: exitismo vs excelencia

Seguramente recordarás algún episodio en el que tuviste un excelente desempeño deportivo. Tomate unos segundos para recordar cómo te sentías y respondeme: ¿estabas de mal o de buen humor? Estoy seguro de que estabas de buen humor y te sentías muy bien. Como vimos, todas las emociones placenteras y agradables te ponen en modo creativo, lo que a su vez trae aparejado un alto desempeño. Lo opuesto también es fácil de comprobar.
En ocasiones en que tuviste un mal desempeño seguramente te sentías mal, y ese malestar te puso en modo defensa. En este punto ya no es necesario argumentar demasiado para que me creas que las emociones inciden directamente en la performance. De hecho, esto es bien sabido por jugadores profesionales de diferentes disciplinas, quienes fuera del alcance de las cámaras provocan con burlas, insultos, golpes y demás a sus contrincantes. De este modo disparan en el otro un enojo que puede provocar una derrota por mal desempeño.

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Es por esta razón que para tener una buena performance deportiva más vale que el acento esté puesto en el placer de practicar el deporte. Porque si tu objetivo es ser el número uno, no tardarás en sentir las presiones que ejercen los deberías, visualizando el juego con la rígida y amenazante obligación de ganar. Todo resultado que no sea la victoria será clasificado como inadmisible, o interpretado como un fracaso. Una vez que esto ocurra, tu amígdala segregará las sustancias del modo defensa, que provocarán la reacción en cadena que ya conocemos. Esto es lo que sucede cuando confundimos preferencia con necesidad. No es lo mismo decir “Me encantaría ganar, sería buenísimo; pero si no, no hay problema” que decir “Tengo que ganar, debo hacerlo”. En el primer caso sólo se trata de una preferencia que no genera
ansiedad, mientras que en el segundo hablamos de una necesidad o un “deberías dogmático” que mete muchísima presión.
Nadie puede ser el número uno por siempre. Todos tenemos nuestros momentos, y la manera de dar lo mejor de cada uno es hacerlo de la mano del disfrute. Buscar siempre ser el número uno es lo que se dio en llamar “el veneno del éxito”. Es un néctar adictivo que robustece tu ego y aumenta tu narcisismo, pero te vuelve dependiente, y por lo tanto vulnerable. En este sentido, las investigaciones señalan que los atletas que ganaron medallas olímpicas de bronce son mucho más felices que los que ganaron las de plata, ya que estos últimos viven con la idea de que si hubiesen tenido una performance apenas superior podrían haber alcanzado el oro. En contraste, los que logran el bronce piensan que de haber tenido un desempeño apenas inferior podrían haberse quedado sin congratulación algunaXLIX.
La propuesta es que te mantengas en modo creativo para dar lo mejor de vos. Fijate que te ahorro cursilería y romanticismo dándote una idea concreta, fáctica. Si lo que sentís es malestar (ya sea por enojo, vergüenza, miedo o disgusto) te pondrás en modo defensa. Sería bueno, entonces, que tomes esta realidad y la traduzcas en tu autodiálogo, diciéndote, por ejemplo:
“Bien, no me voy a crucificar por no ganar, sólo voy a dar lo mejor de mí” o “Preferiría ganar, pero mi mérito está en superarme a mí mismo en todas
las circunstancias”. Así te recordás que la competencia es con vos mismo; el desafío consiste en superar tus propios límites y no ya en superar a tu contrincante ni demostrar a los espectadores tus habilidades. De este modo no rigidizás tus preferencias de una buena performance y te permitís los errores.
Cuando el desafío es con vos mismo, lo ponés dentro de tu círculo de incidencia, dentro de las variables que podés controlar. Pero cuando querés ser el número uno, el desafío está fuera del círculo de incidencia. Sostener esta necesidad de control sobre algo que no depende de vos seguramente te hará pasar malos ratos.
Cuando un deportista sólo busca la victoria y entrena constantemente para ello, ya tiene el veneno del éxito en sus venas. Pierde de vista su pasión por el deporte en sí, se olvida del disfrute de jugar y queda atrapado en una carrera hacia la perfección, que la mayoría de las veces es imposible de alcanzar.
En definitiva, queda encerrado entre espejos de una imagen que pretende mostrar a los demás.
Es común sentir cierto enojo u otras emociones displacenteras ante un error en la competencia, pero esa emoción puede echar a perder todo el partido si no es manejada adecuadamente. Recordá que las sustancias de la emoción sólo tardan unos 90 segundos en ser metabolizadas por tu cuerpo.
Sólo se trata de que aprendas a respirar en forma pausada y a decodificar las circunstancias en términos desafiantes en lugar de amenazantes, de modo que tu amígdala deje de segregar las sustancias que entorpecen tu desempeño.
El hecho de que la competencia sea a la vez excitante y amenazante puede ser tan bueno como malo. Todo depende de cómo lo veas.
En este caso viene muy bien diferenciar la obsesión de la pasión. Cuando uno se obsesiona no la pasa bien; está focalizado en el objetivo, en el resultado.
Frases como “Qué idiota que soy, cómo pude perder ese punto” o “Tengo que quebrarle el saque y ganar el game” son expresión directa de que tu foco está puesto en el resultado; mientras que cuando uno se apasiona la pasa de mil maravillas porque el foco de la atención ya no está en la meta sino en la acción misma, en el proceso, en el disfrute del juego. Los autodiálogos propios de un apasionado son “Aunque las posibilidades sean mínimas, las voy a aprovechar todas”, “Aún respiro y voy a hacer uso de cada latido”. Olvidate de los resultados; ellos vendrán solos, a la corta o a la larga. Lo importante es que disfrutes de la actividad.

En este punto siempre marco con mis consultantes deportistas la diferencia entre exitismo y excelencia. “Exitismo” es definido como un afán desmedido de éxito. Es decir, el acento está puesto en el resultado. En cambio “excelencia” es dar lo mejor de uno mismo siempre. Aquí no importa nada más que entregarlo todo y superarte; el foco de la atención está en uno mismo, no en el afuera. Ser excelente es conservar los valores y mantenerte en una dirección sin importar hacia dónde soplen los vientos. No importa si el contrincante es demasiado alto o bajo para tu nivel, siempre das lo mejor cuando buscás la excelencia. Que percibas como demasiado bueno a tu oponente puede que te desmotive, puesto que en tu autodiálogo te dirás: “Para qué me voy a esforzar si igual no hay forma de ganarle”. O bien, si considerás que es un principiante incompetente, podrás decirte: “No vale la pena esforzarme, no tiene sentido cansarse por este partido”. El caso es que en ambas situaciones la atención está puesta en algo que se encuentra fuera de uno, y el secreto está en focalizarse en uno mismo, en lo que uno hace.
La mejora continua es posible de la mano de la excelencia, dando siempre lo mejor, independientemente de las circunstancias. Los resultados están sujetos a millones de variables, pero el desempeño (bueno o malo) siempre depende de uno. Aunque digan que las competencias se ganan con un alto puntaje, un buen tiempo o un gran número de goles, eso nos habla sólo de resultados, pero no de un buen desempeño. Yo propongo poner el foco en uno mismo, porque a la corta o a la larga, el alto desempeño trae buenos resultados. En este sentido sugiero que tu autodiálogo sea “Me apasiona este deporte. Me gusta siempre, cuando gano y cuando pierdo”

“Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”
Mahatma Gandhi

Extracto del libro “Modo Creativo” – Lic. Lucas J.J Malaisi