Enojo crónico

Cuando te enojás activás el modo defensa, que no es otra cosa que una preparación biológica para una respuesta de emergencia. En esos momentos tu cuerpo está listo para lo que Cannon denominó “reacción de lucha o huida”. Gran parte de la sangre es retirada de otros sistemas para asistir a los grupos musculares estriados –o musculatura voluntaria– de modo que puedas reaccionar con mayor fuerza y velocidad. No es raro entonces que las personas en estado de ira profunda sientan ganas de golpear algo. De hecho, el cuerpo está preparado para hacer exactamente eso. Pero como vimos, en la vida promedio de un ser humano civilizado del siglo XXI pocas veces enfrentamos peligros reales, puesto que la mayoría de ellos son simbólicos. Es decir, raramente nos enfrentamos a cosas que amenacen nuestra vida; por el contrario, lidiamos habitualmente con frustraciones cotidianas como retrasos, malos entendidos, olvidos y demás, que no requieren de nuestra fuerza muscular precisamente. Es paradójico el hecho de que la mayoría de las veces, cuando necesitamos disponer de la mayor inteligencia posible para resolver un problema, nos convertimos en una especie de primate iracundo. ¡Vaya adaptación!

El problema está en que cuando nos mantenemos en estado de ira la pa-samos mal, porque no dormimos bien, no hacemos bien la digestión, se nos desactiva el sistema inmunológico, tenemos un pobre desempeño en lo que sea que hagamos y además dañamos a la corta o a la larga nuestros sis-temas cardiovasculares. Es como un auto que mantuvieran en 6000 o 7000 revoluciones. Al principio puede que no presente indicios de daño alguno más que una elevada temperatura, pero luego de un tiempo seguramente los tornillos empezarán a aflojar por algún lado. Desde principios de los años sesenta no han dejado de publicarse estudios en los que se demuestra la existencia de una relación directa entre la ira y los trastornos cardíacos.

Insisto: una de las falacias más corrientes es pensar que los acontecimientos externos disparan nuestra ira, cuando en realidad la lectura que hacemos de ellos es la responsable. Es tu interpretación lo que te enoja. Un ejemplo: una fila en el banco que está durando demasiado tiempo. De cinco personas, seguramente tendrás cinco reacciones distintas. Alguno dirá “Este es un banco de porquería, no les importa el tiempo de la gente. Me dan ganas de matarlos a todos”, otro pensará “¡A qué me metí a hacer trámites esta mañana! Soy un idiota, siempre elijo mal”. De estos autodiálogos se sucederán emociones malsanas, desproporcionadas y nada útiles. Pero posiblemente otro se diga a sí mismo “Cosas que pasan,  no gano nada con enojarme”, y pueda seguir tranquilamente su día, pensando en otra cosa.

Sostiene Ellis que hay personas que tienen un sistema de creencias racional o autobeneficiador, puesto que pueden decodificar los problemas y dificultades en términos constructivos y obtener de ellos sentimientos sanos. Por ejemplo, si un amigo te dejó plantado para cenar, podés decirte a vos mismo: “No me gusta que me cancele sin previo aviso, ojalá me hubiese avisado. La próxima se lo aclaro de entrada”. De este autodiálogo se su-cederán sentimientos displacenteros pero sanos, como decepción y frustración. Sobre estos sentimientos podés mantener la calma, siguiendo con tu vida y con la amistad sin mayores dificultades. Además evitás quedarte resentido con tu amigo, “con la sangre en el ojo”, y podés seguir construyendo la relación, capitalizando positivamente la experiencia.

Por otro lado, hay quienes tienen un sistema de creencias irracional, que los lleva a interpretar los acontecimientos en términos trágicos y exacerbados. Sus autodiálogos son del tipo: “No soporto que me traten así”, “Es terrible que siempre me haga esto” o “Es un irrespetuoso y desconsiderado, quién se cree que es”. Al confundir a la persona con sus acciones, generalizamos y damos por sentado que quien hizo algo malo es mala persona. Este tipo de creencia irracional provoca profundos sentimientos de ira, ansiedad y angustia. Y eso no es todo: si la persona persiste en ese autodiálogo, seguirá enojándose puesto que su amígdala seguirá segregando las sustancias del enojo. Es decir, continuará con un resentimiento y un rencor sobre los cuales no podrá construir sanamente una relación.

Autodiálogos del tipo “Tienen que tratarme bien” (imperativo respecto de los demás), “Tiene que irme bien, debo ganar; de lo contrario seré un fracasado”, “No debo enojarme” (imperativos respecto de uno mismo) o “¿Por qué mierda me pasa esto a mí?”, “No puedo creer que me esté sucediendo esto” (creencias dogmáticas respecto de cómo debería ser el mundo) serán sin lugar a dudas el origen de numerosos enojos. Los autodiálogos que se desprenden de un pensamiento rígido, imperativo y dogmático dan cuenta de un sistema de creencias tergiversado, de un mapa alejado del territorio, y que puede generar mucho malestar. De modo que en lugar de pretender que todo el mundo cambie, más vale un pequeño cambio en el mapa para garantizar un gran cambio emocional.

También hay quienes tienen creencias irracionales respecto de cosas propias de la vida cotidiana, que sin darse cuenta clasifican de “malas” cuando podrían ser aceptadas sin mayores rabietas. Es decir, están percibiendo situaciones diarias como inaceptables, con lo cual certifican un enojo a cada momento. Por ejemplo, estas personas pueden molestarse por el sonido del despertador, porque no encuentran una pantufla, porque el agua de la ducha está demasiado caliente o fría, por el nudo de la corbata, por la falta de azúcar o café, por el tráfico o la falta de estacionamiento, el poco combustible en el auto, la gente que camina lento en la calle, el encendedor que no funciona para encender un cigarrillo, el kiosquero lento o despeinado, el trabajo excesivo, el celular sin señal, la  demora en una transacción bancaria, la pareja demasiado emocional o distante… En fin, tienen un master en “Encontrar Algo Negativo en Cada Cosa”. Siempre hallarán la forma de ponerse mal por los parientes, sus hijos, sus amigos, el país, el clima, el paso del tiempo, su trabajo… y la lista sigue. En una persona quejumbrosa, a la que casi todo le molesta, es fácil advertir que lo que está trastocado es su modo de evaluar sus circunstancias: ¡se está enojando por las mismas situaciones todos los días! Es oportuno recordar que la vida de un adulto promedio está minada de frustraciones y dificultades, de modo que enojarse por cada una de ellas no resulta nada razonable. En este sentido hay investigaciones que dan cuenta de que la felicidad y el bienestar tienen sus raíces en la manera en que nos tomamos nuestra vida cotidiana más que en circunstancias de alto confort Otra falacia respecto de la ira es pensar que descargar el enfado desenfrenadamente puede hacerte algún bien. Si bien puede que sientas un alivio en el momento, esta medida no resuelve el problema sino que en la gran mayoría de los casos lo empeora, a la vez que se establece un hábito de “arrebato de enojo”. ¡Dar rienda suelta al enojo lo aumenta! En efecto, la expresión abierta de hostilidad resulta ser la verdadera culpable de la relación existente entre el infarto de miocardio y la personalidad de tipo A. La desgracia de la ira es que la mayoría de las veces nos descargamos con los que tenemos cerca, que suelen ser nuestros seres más queridos.

Tampoco sugiero que te “tragues” la bronca. El modo sano de expresar el enojo es aprendiendo a ser asertivo. La asertividad es una forma de comunicarnos mediante la cual no agredimos ni nos sometemos a la voluntad de otros. Se trata de un punto medio entre ser agresivo y pasivo. El agresivo se conduce agrediendo a otros; el pasivo se “traga” el enojo, y posiblemente luego explota en ira. En ambos casos existe un perjuicio, en cambio en la asertividad establecés un límite sanamente. Defendés tus ideas y sentimientos sin imponerte ni resignar tus convicciones. Para entrenar la asertividad suelo pedirles a mis consultantes que ensayen frente a un espejo la puesta del límite. Luego de un tiempo de práctica se automatiza en ellos esta forma de pensar, lo que genera seguridad, evitando que se inhiban o desborden.

Para dejar de enojarte o de sentir rabia debés estar dispuesto a escuchar tu autodiálogo e identificar las creencias irracionales -ya sean dogmáticas, exageradas o generalizadoras- entendiendo que un autodiálogo más comprensivo e indulgente para con los demás y para con vos mismo es generador de emociones sanas. Se trata de hacer foco en las soluciones, en lo positivo, para poco a poco generar el hábito de pensar sanamente.

Extracto del libro “Modo Creativo” – Lic. Lucas J.J Malaisi