Efecto de las emociones en el desempeño.

En un momento de mucha bronca, ¿te pasó poder conciliar el sueño?
¿Pudiste concentrarte en leer y estudiar un texto? ¿Qué pasó con tu apetito?
¿Pudiste continuar con alguna actividad que requería de tus habilidades o concentración?
Seguramente me dirás que en medio del enojo no te fue posible dormir, tampoco comprender un texto. Quizá leíste varias hojas como un autómata, pero no entendiste nada. A la mayoría de las personas se nos corta el apetito en medio del enojo (sin embargo una minoría aprendió a canalizarlo mediante la ingesta compulsiva de comida). Lo que trato de mostrarte es que bajo el estado de enojo hay ciertas conductas que son imposibles de llevar a cabo. Concentrarte en lo que estudiás, tener relaciones sexuales, dormir, hacer las cuentas del mes, conducir un auto, reír, tener una buena performance en un deporte, comer y digerir son actividades imposibles o muy difíciles de realizar en dicho estado. Esto se debe a que la sustancia en sangre propia de la emoción activa ciertos sistemas en el cuerpo, a la vez que desactiva otros.

Por ejemplo, en medio del miedo se activa el sistema simpático (o toracolumbar), que estimula el corazón, dilata los bronquios, contrae las arterias e inhibe el aparato digestivo, preparando al organismo para reaccionar con todos sus recursos ante la situación de estrés. Mientras que emociones como placer, felicidad, alegría, alivio, dicha, deleite, satisfacción, tranquilidad, amor, permiten el ingreso a escena del sistema parasimpático (o craneosacro), que está encargado de mantener al cuerpo en situaciones normales y produce los efectos opuestos del simpático, preparando al organismo para la alimentación, la digestión y el reposo.

Emociones como miedo, enojo, vergüenza, angustia, pánico, en general desagradables, además de impedirte estudiar, ser habilidoso, recordar y demás conductas deseadas, disminuyen tu salud física ya que activan el sistema simpático, que tiene un efecto inmunosupresor.

En este sentido un científico chileno de primer nivel mundial llamado Humberto Maturana, define las emociones como “disposiciones corporales que determinan dominios de acción”. Dice Maturana que cuando cambia una emoción, cambia el dominio de acción. Propone el siguiente ejemplo.

Al llegar a la oficina uno declara que piensa pedir un aumento de sueldo al jefe, y la secretaria amiga dice “No se lo pidas hoy porque está enojado y no va darte nada”. Todos sabemos que esto es así: bajo el enojo “sí” es una palabra poco dicha. En otras palabras, bajo el dominio de acción del enojo la conducta de conceder el aumento no es posible.

Esta es la razón por la cual todos tenemos esos días en los que “todo nos sale mal” y esos otros en los que “todo nos sale bien”. Algunos días estamos bajo el dominio de acción de emociones habilitantes y otros bajo el de emociones desabilitantes.

El día en que sentís que todo va mal estás bajo el dominio de acción de emociones como enojo, miedo, vergüenza, etc., que son deshabilitantes y que activan el sistema simpático. Mientras que cuando te sentís un ganador y que todo va bien, en esos días estás bajo el dominio de acción de emociones que permiten que las cosas te salgan bien. Podrás estudiar, reflexionar, recordar, tener relaciones sexuales, comer, reír, bailar, cantar, hacer deporte en forma habilidosa, estar atento y elocuente, etc.

Así como las emociones afectan esas funciones, también afectan el modo en que pensamos. Está comprobado científicamente que la tristeza nos hace proclives a ver el lado negativo de las cosas, lo que, como vimos más arriba, genera más tristeza. El enojo no nos permite concentrarnos en la solución de los problemas, y a veces nos lleva a malinterpretar actitudes. El amor suprime el pensamiento crítico, haciendo que todo sea “color de rosas”. Por eso se dice que el amor es ciego.

El sistema simpático fuerza al organismo a una actuación de “lucha o huida” a la vez que desactiva el sistema parasimpático que permite la digestión y el reposo (teoría del ahorro de recursos). Las consecuencias a largo plazo del estrés, debidas en parte a la inmunosupresión, no parecen justificar los beneficios de la inhibición inmunitaria a corto plazo. Lo cierto es que en la actualidad no conocemos la finalidad -si la tiene- de la inmunosupresión.

Extracto del libro “Como Ayudar a los niños de hoy 2da edición”

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